PITIQUÍN DE PIMAS DE COCOMACAQUES

 PITIQUÍN DE PIMAS DE COCOMACAQUES

Alberto Pérez Nájera




Hace 321 años; como si fuera un parpadeo en el tiempo, y si nuestro vigía milenario El Cerro de la Campana, pudiera hablar sobre esté suceso que les platico, otra historia que contar sería. 

   Quizás, nuestros ancestros encaramados en la cumbre del cerro, dieron aviso a los gobernadores y justicias de esta ranchería, golpeando las piedras unas con otras, ya que estas producían un fuerte sonido como campana que se escuchaba fuertemente en todo el valle del río.

De esta manera se enteran que están a punto de arribar una escuadra de 15 soldados o más que venían de la parte norte del Pitiquín, así le llamaban las etnias; pimas, seris, yaquis, y opatas, que se refugiaban desde tiempos remotos en este hermoso paraje.


El Alférez Juan Bautista de Escalante y el padre Adam Gilg Arribando al Pitiquín de Cocomacaques, 18 de mayo de 1700


Así que cuando pasaron los primeros españoles por la confluencia de los ríos Sonora y San Miguel, este paraíso ya era refugio de diversas etnias. 

A partir de este momento, la conquista española desestructuró a la población indígena. En estas tierras lejanas del virreinato, los españoles la empezaron a llamar como” tierra de guerra viva", “tierra indómita”, “tierra incógnita”, “tierra de nadie”, por que vivir en Sonora significaba habitar en tierra de guerra contra los indígenas, que peleaban, no de acuerdo con las reglas europeas, sino mediante asaltos por sorpresa, ejecutados por pequeñas partidas con acciones muy violentas.  


Primera misa en Hermosillo, Sonora. Juan Bautista de Escalante y el Padre Adam Gilg


Hermosillo no puede ser entendido sin tener en cuenta la resistencia indígena y los españoles en su presidio.



Desde el primer hombre blanco, que llegó a pisar las tierras salvajes del Septentrión y fincó los primeros presidios militares, la vida de los naturales cambió para siempre. La espada y la cruz, fue la vida cotidiana de estas nuevas tierras que los españoles imaginaron suyas por el solo hecho de haberlas encontrado y el de los indígenas por defender sus tierras ancestrales. 


Padre Adam Gilg bautizando a unos indígenas


Los españoles veían a los indígenas rebeldes como un insulto. Los conquistadores le ofrecían aceptar voluntariamente el reinado de la corona y pacificarse ya que de lo contrario se les declararía la guerra abiertamente. Por eso, los presidios militares fueron necesarios para dar seguridad a la población blanca que tenía sus misiones, minerales, agricultura, ganadería y comercio. En definitiva, la actividad militar, fue necesaria para frenar la rebeldía indígena.


 

La acción de la bota española, no se puede ver de otra manera. Como una conquista.


Tomado del libro: Una Historia Digna de Contarse Hermosillo de Mis Recuerdos de Alberto Pérez Nájera, (Derechos 

Reservados). Todas las ilustraciones son de Javier López V. (Derechos Reservados). 


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