Muerte en la Esquina.
Don Antonio Haro, cumplido caballero, luchador incansable, buen padre y buen amigo, alto y robusto, como que se había formado allá en las agrestes montañas del norte del Estado, de unos cuarenta años, franco y leal como todo sonorense, que había sido Administrador de Correos y Jefe de Rutas Postal, aquel trece de enero de 1929 se despidió afectuosamente de su señora esposa Luz Rivera de Haro y después de acariciar con ternura a dos pequeños hijos, salió de su elegante hogar situado en Hidalgo y Oposura, y tomó asiento en poderoso Krysler que guiaba Baltazar N. Gutiérrez, Oficial Primero de la Secretearía de Gobierno, al lado de Rodolfo Garayzar, Tesorero General del Estado y del Radio Telegrafista Isodoro Rodríguez y emprendieron el viaje a Nogales, Sonora.
Desde el fondo de la cocina de la inmensa casa, se vino chancleando doña Lola, vieja criada que se consideraba por derechos propios de la familia, y así se le veía; sin más allá ni más acá, que encontrándose en el corredor con doña Luz, con quien entablo el siguiente diálogo:
-¿Por qué dejaste salir a Antonio?
-Y, eso, ¿qué tiene de particular?
-¿Pero no te das cuenta mujer que es viernes trece?
-Bueno, si es 13 ¿y qué?
-¡ay mi hijita, el trece es de mala agüero, que no ves que es la docena del diablo!
-Déjate de cosas Nana, eso de mal agüero, son creencias de gente ignorante.
Refunfuñando dio reversa a doña Lola, pidiéndole a San Esculapio, que don Antonio, por el camino, matara alguna víbora; sí, porque según ella, matar víbora en viernes es de buena suerte. Doña Luz no dio más importancia al incidente y siguió atendiendo sus quehaceres domésticos, pero la "Nana Lola", todo el día anduvo con lo nana en la cabeza y para acostarse, de rodillas en el elegante reclinatorio de su recámara, rezó a San Esculapio, una oración por el bienestar de don Antonio, y asomándose por la ventana mirando la oscuridad con aplomo y energía dijo:
-¡Diablo animal, a poco vas a poder más que San Esculapio! Después de este desahogo, se acostó tranquilamente...
Son las doce de la noche del 15 de enero y del sudario blanco que cubre a ambos Nogales, sale con rumbo a Hermosillo don Antonio y sus acompañantes, van dejando en su veloz carrera, pueblitos y estaciones; se acaba la nieve y entran a la tierra seca del camino, pero la madrugada se hace más negra y apenas si los faroles del auto pueden romper como cuchillo la gris espesura que los envuelve. De cuando en cuando ven a lo lejos luz de una casa que se antoja la punta de cigarro encendido. Todos vienen contentos y cerca de las cinco de la mañana confortan su estómago con una taza de negro y caliente café ahí en el ranchito y luego se encaminan a la ciudad; dejan en su casa a don Rodolfo Garayzar, se devuelven por la calle del Carmen, toman por la calle Manuel González y llegando a la Serdán, una ráfaga de viento hacen moverse un paquete de un sombrero que viene en el asiento de atrás. Son las 5 horas cincuenta y siete minutos.
A esa misma hora, saliendo de la cocina, plato en mano de rico menudo que había entregado el Güero Chispirri, doña Lola, casi se desmaya cuando ve en la pared del corral de la casa una enorme churea y grita como una histérica...¡Alguien de esta casa ahorita va a morir! ¡La churea, es ave de mal agüero, trae la muerte!... ¡Luz, Hija, ven ayudame a matar ese animal...!
Se para don Antonio para ver si no le ha pasado nada al sombrero, al hacerlo, con el viraje del auto, se abre la puerta, pierde el equilibrio y cae de cabeza al pavimento, rompiéndose el cráneo que le causa una muerte instantánea. . . Son las seis de la mañana y exactamente a esa hora de la casa de don Antonio, la churea, el pájaro de la muerte, emprende el vuelo a lo desconocido. . .
El animal había dejado su negro mensaje. . .


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